Práctico 7. Gráfico y mapa sobre ciclo huelguístico y crisis de 1917
A.- INTERÉS DEL DOCUMENTO
En el documento aparecen dos fuentes historiográficas.
En primer lugar, observamos un mapa temático, de tipo político y social,
dado que muestra las zonas de mayor incidencia de las huelgas agrarias
(1918-1921) y focos violentos durante la crisis de 1917 en España. Por otro
lado, aparece un gráfico lineal, que refleja número de huelgas en España
entre 1905 y 1923 según el Instituto de Reformas Sociales. Los documentos
son interesantes en tanto ayudan a comprender el clima de inestabilidad que
desembocó en la crisis del sistema de la Restauración.
B.- IDEAS PRINCIPAL Y SECUNDARIAS
En
el gráfico aparece una progresión alcista del número de
huelgas durante todo el periodo mostrado. Desde1916 el número de huelgas se
dispara como consecuencia del fenómeno inflacionista propio de los
efectos de la I Guerra Mundial, así como la influencia de la Revolución Rusa
y el auge del sindicalismo (UGT y CNT). En 1919 registra su cenit,
para bajar al año siguiente de forma drástica, consecuencia de la aprobación de
la jornada laboral de 8 horas, así como de una mayor represión del movimiento
obrero.
En
el mapa aparecen reflejadas varias cuestiones:
· Por un lado, los principales focos
huelguistas, donde se aprecia una incidencia desigual, afectando
principalmente en Asturias, Vizcaya, Barcelona, Madrid, Alicante, Jaén y Huelva
(Río Tinto), lo que revela el triple carácter de esta huelga: urbana,
industrial y minera. La huelga, que se había precipitado en Valencia como
consecuencia de un conflicto con el sector ferroviario, se extendió y adquirió
un tinte violento que fue reprimido duramente por el ejército,
especialmente en Madrid (21 muertos) y Barcelona (37 muertos).
·
La huelga precipitó e intensificó un
ciclo de agitaciones y huelgas agrícolas entre 1918 y 1921 que coincide
con el llamado Trienio Bolchevique, fenómeno que en el campo andaluz
tuvo especial incidencia, tal y como aparecen en el valle del Guadalquivir y la
costa malagueña, en forma de ocupaciones de tierras y quema de cosechas.
C.- CONTEXTO HISTÓRICO
El documento se
sitúa en la fase final de la Restauración, cuando la monarquía de Alfonso
XIII atraviesa una profunda crisis política y social. Desde el
Desastre del 98, el Estado arrastraba una situación financiera muy delicada: la
deuda pública era superior a la propia renta nacional y el pago de sus
intereses consumía más de un tercio del presupuesto. El sistema tributario
seguía siendo atrasado e injusto, basado sobre todo en impuestos indirectos
sobre el consumo y las aduanas, mientras los impuestos directos apenas se
desarrollaban. El gasto público era muy reducido (en torno al 10% del
PIB) y se destinaba prioritariamente a ejército, orden público y pago de la
deuda, quedando en segundo plano la educación, la sanidad, la vivienda o las
infraestructuras.
El deterioro de
las condiciones de vida originó la “cuestión social”, y ante esta
situación el Estado comenzó a intervenir, aunque de forma muy tímida. La
creación del Instituto de Reformas Sociales en 1903 pretendía estudiar
las condiciones laborales y formular propuestas sobre trabajo infantil,
jornadas, seguros o vivienda obrera. Más decisiva fue la fundación del Instituto
Nacional de Previsión en 1908, que puso en marcha los primeros seguros
sociales (jubilación, enfermedad, accidentes). Pese a estos avances, las
organizaciones obreras siguieron recurriendo a la huelga y a la movilización
para defender sus reivindicaciones.
La neutralidad
española en la Primera Guerra Mundial desencadenó un fuerte crecimiento
económico. España se convirtió en proveedor de alimentos, materias primas
(minería) y productos industriales (siderurgia vasca y textil catalán) para los
países beligerantes. El Banco de España acumuló grandes reservas de oro y
aumentaron los beneficios empresariales y las exportaciones. Sin embargo, este
auge tuvo un efecto social muy negativo, pues los salarios no se
ajustaron al incremento general de los precios y el coste de la vida subió
entre un 15 y un 20 %, lo que empobreció aún más a las clases populares
(obreros y campesinos).
El descenso de los
salarios reales explica la intensificación del movimiento obrero y del
ciclo de conflictividad social. Las organizaciones sindicales CNT
(anarquista) y UGT (socialista) comenzaron a coordinarse. En 1916 convocaron
conjuntamente una huelga de protesta contra la carestía de la vida. En marzo de
1917 firmaron un manifiesto exigiendo al gobierno medidas
concretas para frenar los precios y mejorar los salarios, bajo la amenaza de
una huelga general. Las reivindicaciones obreras combinaban demandas
económicas inmediatas (subidas salariales, reducción de jornada y control
de los precios) con aspiraciones políticas de democratización del
sistema (fin del turno de partidos, ampliación de derechos y libertades).
El estallido de la
Revolución Rusa en 1917 tuvo un fuerte impacto ideológico, pues
para muchos sectores obreros se convirtió en un modelo de transformación,
mientras que para la burguesía y las élites fue un motivo de temor que
endureció sus posiciones. En este clima se produjo la huelga general de
agosto de 1917, detonada por un conflicto ferroviario en Valencia, pero
rápidamente extendida a las principales zonas urbanas e industriales. La
huelga, apoyada por el PSOE y la UGT y declarada “revolucionaria”, planteaba objetivos
políticos (caída de la monarquía, gobierno provisional y Cortes
constituyentes), aunque la CNT se desmarcó. La movilización tuvo una incidencia
desigual, ya que fue intensa en Madrid, Barcelona, País Vasco y Asturias, pero
escasa en el campo, donde los jornaleros no se sumaron de manera masiva. El
gobierno respondió con la declaración de la Ley Marcial y más de dos mil
detenciones y duras condenas a los dirigentes socialistas Besteiro y Largo
Caballero.
Tras la guerra
mundial, la economía española entró en crisis por la caída de la demanda
exterior y los problemas de sobreproducción, lo que provocó quiebras
empresariales (especialmente en la construcción) y un nuevo deterioro del
empleo, lo que agudizó más conflictividad obrera se agudizó entre 1918
y 1921. En las zonas industriales, la CNT reorganizó sus fuerzas en el Congreso
de Sants (1918), creando los Sindicatos Únicos de Industria, que apostaban
por la negociación directa y por la huelga general revolucionaria. En 1919, la
huelga de La Canadiense paralizó el suministro eléctrico de Barcelona y
se saldó con importantes conquistas como la readmisión de los trabajadores
despedidos, subidas salariales y la jornada de ocho horas, una de las medidas
sociales más avanzadas que demostraba la intervención del Estado en la
regulación laboral.
En el campo
andaluz, el anarcosindicalismo protagonizó el llamado “trienio bolchevique”
(1918-1921) marcado por revueltas campesinas, ocupación de tierras y quema
de cosechas. Los jornaleros reclamaban el reparto de la tierra, mejores
salarios y estabilidad en el empleo frente al poder de los grandes latifundistas.
La respuesta de
la patronal y del Estado fue cada vez más represiva. En Barcelona,
los empresarios organizaron la Federación Patronal y recurrieron al lockout
(cierres de empresas), al fomento de sindicatos amarillos y al uso de
pistoleros a sueldo, en un contexto conocido como “pistolerismo”.
Figuras sindicales como Salvador Seguí fueron asesinadas, mientras ciertos
grupos anarquistas, como Los Solidarios de Durruti y García Oliver,
respondieron con atentados, entre ellos el asesinato del presidente del
Gobierno Eduardo Dato en 1921. Las autoridades civiles y militares, con figuras
como Martínez Anido, aplicaron métodos extremadamente duros, como la “ley de
fugas”.
En conjunto, esta situación de enfrentamiento entre movimiento obrero, patronal y Estado contribuyó decisivamente al descrédito del régimen y creó el clima de inestabilidad que facilitaría, pocos años después, la solución autoritaria de la dictadura de Primo de Rivera.
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