Práctico 3. La construcción del ferrocarril en España
A.- INTERÉS DEL DOCUMENTO
Se trata de una tabla y un
gráfico de barras, de naturaleza historiográfica y contenido económico,
clave para entender el notable retraso de España frente a otros países
europeos como Gran Bretaña, Francia o Alemania en el desarrollo de su red
ferroviaria.
B.-
IDEAS PRINCIPAL Y SECUNDARIAS
Los documentos representan
la evolución de la construcción ferroviaria en Europa entre 1840 y 1870,
en el contexto de la Revolución Industrial. Su contenido refleja el
grado de modernización y desarrollo industrial de distintos países europeos (Gran
Bretaña, Alemania, Francia, Italia y España) a través de la extensión de sus
redes ferroviarias. El ferrocarril se convirtió así en uno de los principales indicadores
del progreso económico y de la integración de los mercados nacionales.
En cuanto a la tendencia
general, el gráfico muestra un crecimiento continuo y acelerado
del ferrocarril en toda Europa, pero con diferencias muy marcadas entre
los países pioneros en la industrialización y los de desarrollo más tardío. Gran
Bretaña parte ya en 1840 con una amplia red, mientras Francia y Alemania
experimentan una expansión notable desde mediados de siglo. Italia
avanza de forma más tardía, y España presenta un profundo desfase,
sin kilómetros de vía en 1840 y con su primera línea inaugurada en 1848 entre Barcelona–Mataró.
Aun así, en 1870 supera los 5.000 km, lo que refleja un esfuerzo considerable,
aunque insuficiente en comparación con el resto de Europa. Ese avance tardío se
debió al impulso legislativo y financiero de la Desamortización de Madoz (1855),
la Ley General de Ferrocarriles del mismo año y la Ley de Bancos y Sociedades
de Crédito (1856), que atrajeron capital extranjero, sobre todo francés y
británico.
Como ideas secundarias,
el documento permite valorar tanto las ventajas del ferrocarril con una mayor
articulación del territorio, una creación de un mercado interior, el fomento de
la industria siderúrgica y minera y el estímulo de la migración campo-ciudad,
así como los problemas estructurales tales como el ancho de vía distinto
al europeo, el trazado radial centrado en Madrid, la escasez de capital
nacional y la dependencia exterior.
En resumen, el
documento refleja que España avanzó con retraso en el proceso de
industrialización europea, pese al esfuerzo realizado a partir de mediados de
siglo, lo que explica su diferencia con los países más desarrollados.
C.-
CONTEXTO HISTÓRICO
Durante el siglo XIX, España inició
un proceso de transformación económica que la encaminó lentamente hacia
el capitalismo y la industrialización.
A nivel demográfico,
la población española pasó de unos 10,5 millones a más de 18 millones a lo
largo del siglo XIX, gracias sobre todo al descenso paulatino de la
mortalidad, mientras las tasas de natalidad seguían siendo altas.
Las mejoras sanitarias, el fin de las crisis de subsistencia y una mayor
estabilidad política favorecieron el crecimiento, aunque las epidemias (cólera
y tuberculosis) y las guerras siguieron siendo un freno.
Este aumento poblacional impulsó
los movimientos migratorios del campo a la ciudad y del interior
a la periferia industrial. Madrid, Barcelona y Bilbao se convirtieron en polos
de atracción y comenzaron los planes de ensanche urbano, como el plan Cerdà.
Sin embargo, la mayoría de los españoles seguía viviendo en el medio rural, lo
que mantuvo un fuerte contraste entre el dinamismo urbano y el atraso agrario.
La presión demográfica, unida a la falta de empleo, fomentó además la emigración
a América desde Galicia, Asturias o Canarias.
A nivel económico, el cambio más
importante en el sector primario durante
el siglo XIX vino dado con la reforma agraria liberal de Mendizábal
(1836), que abolió los señoríos, desvinculó las propiedades y desamortizó los
bienes eclesiásticos y comunales, en este último punto conviene destacar la
importancia de la desamortización de Madoz (1855). Estas medidas consolidaron
la propiedad privada, pero no lograron una distribución equitativa
de la tierra, ya que la aristocracia y la nueva burguesía adquirieron la
mayoría de los lotes, mientras muchos campesinos se convirtieron en jornaleros
o arrendatarios, contribuyendo a la aparición de revueltas agrarias y
ocupaciones de tierras.
La producción agrícola creció
gracias a la roturación de nuevas tierras dedicadas a los cereales, aceite,
vino y cítricos, que encontraron una salida en los mercados europeos. Sin
embargo, la falta de inversión e innovación técnica, unido a la
particular estructura de propiedad (latifundismo en el sur y minifundismo en el
norte), limitaron la productividad, manteniendo una agricultura tradicional
y poco competitiva.
Respecto al sector secundario,
la industrialización española fue tardía, desigual y concentrada
regionalmente. Los factores que lo explican son una débil base de
capital, un mercado interior reducido y escasos recursos energéticos.
El primer foco industrial fue Cataluña,
donde la industria textil algodonera aprovechó la mecanización y la
protección arancelaria para expandirse. A partir de 1833, la introducción de la
máquina de vapor redujo costes y estimuló la demanda y la producción, aunque la
falta de carbón y la dependencia del algodón de Estados Unidos limitaron su
desarrollo entre 1861 y 1865, lo que no evitó una fase expansiva desde 1874
gracias a las colonias industriales.
La moderna siderurgia surgió
en la segunda mitad del siglo. Los primeros altos hornos de Málaga o
Marbella fracasaron (carbón vegetal). En Asturias, la siderurgia se
desarrolló en torno a Mieres y Langreo, aprovechando la hulla local aunque con
escasa competitividad. El País Vasco sí logró consolidar un potente polo
industrial gracias a la exportación de hierro y la importación de carbón galés
(eje Bilbao – Cardiff), dando lugar a grandes empresas como Altos Hornos de
Vizcaya (1882), que impulsaron la modernización económica regional (navieras y
construcción).
Junto a estos sectores principales
se desarrollaron las industrias química (Cros), alimentaria, naval
y editorial, especialmente en Madrid y el norte peninsular. No obstante, el
país siguió mostrando fuertes desequilibrios regionales: mientras Cataluña, el
País Vasco y Madrid avanzaban, el resto de España permanecía anclado en una
economía agraria.
El despliegue del capitalismo
español se apoyó en la consolidación
de la propiedad privada, la liberalización comercial y la creación de un
sistema financiero moderno.
Pero su verdadero motor fue el ferrocarril,
clave en la integración del mercado interior. La Ley General de
Ferrocarriles de 1855 impulsó la construcción de una red radial centrada en
Madrid, financiada con capital extranjero, especialmente francés y subvenciones
estatales. La primera línea, Barcelona–Mataró (1848), fue seguida por las de
Madrid–Aranjuez (1851), Madrid–Alicante (1858) o Madrid–Irún (1864). La crisis
de 1866 se vio seguida de una nueva etapa de expansión desde 1873 con nuevas
compañías (Norte y MZA). El ferrocarril redujo los costes de transporte,
aceleró la movilidad (transportes y mercancías) y facilitó la unificación del
mercado nacional, aunque su dependencia de material extranjero impidió un mayor
impulso a la siderurgia española.
En paralelo, la minería se
benefició de la Ley de Minas de 1868, que liberalizó el sector y
permitió la entrada de compañías extranjeras (francesas e inglesas). La
explotación del plomo de Linares, el cobre de Riotinto, el carbón asturiano o
el hierro vizcaíno generó ingresos, pero la mayoría de los beneficios se
dirigieron al exterior.
La modernización económica avanzó de forma irregular y dependiente del
exterior. La Reforma Fiscal de Mon-Santillán (1845) buscó racionalizar
los impuestos y suprimir privilegios, pero la recaudación siguió siendo
insuficiente y el Estado continuó recurriendo a la emisión de deuda pública, lo
que absorbió buena parte del ahorro nacional. En el ámbito financiero, la Ley
de Bancos y Sociedades de Crédito (1856) modernizó el sistema y permitió la
creación del Banco de España y de entidades regionales como los bancos
de Bilbao y Vizcaya, esenciales para la financiación industrial.
El proceso de integración económica
se vio favorecido por la unificación monetaria con la creación de la peseta
en 1868, la implantación del sistema métrico decimal (1849) y la
aprobación del Código de Comercio (1829), que facilitaron los
intercambios y dieron mayor cohesión al mercado interior. Sin embargo, la
limitada capacidad adquisitiva de la población y las deficiencias en
infraestructuras impidieron la plena articulación del mercado nacional.
El comercio exterior
experimentó un notable crecimiento, orientándose hacia los países
industrializados de Europa tras la pérdida del imperio colonial. España exportó
vino, aceite, minerales y tejidos, mientras importaba maquinaria y productos
manufacturados, lo que evidenciaba su dependencia tecnológica y su atraso
industrial.
A finales de siglo, España había
avanzado hacia una economía capitalista con importantes transformaciones en
el campo, la industria y las comunicaciones, pero con un desarrollo tardío,
dependiente y profundamente desigual. Las estructuras heredadas del Antiguo
Régimen, la debilidad del mercado interno y la falta de inversión nacional
impidieron que la modernización alcanzara la profundidad lograda por las
grandes potencias europeas.
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