Práctico 11. Represión. Mujeres rapadas
A.- INTERÉS DEL DOCUMENTO
El documento
corresponde a una fotografía histórica publicada en L’ Illustration, “La
Guerre Civile en Espagne” donde aparecen cuatro mujeres rapadas en Oropesa
(Toledo) en diciembre de 1936. El contenido de la fotografía es político-social,
y es una fuente clave para entender la represión franquista contra las
mujeres durante la Guerra Civil y la dictadura franquista bajo los valores
del nacionalcatolicismo.
B.- DESCRIPCIÓN E IDEAS
En la fotografía
podemos apreciar cuatro mujeres rapadas (Prudencia Acosta, María Antonia
de la Purificación, Antonia Juntas, Antonia Gutiérrez), una de ellas sujetando
a un niño en sus brazos. La imagen se relaciona con la represión franquista,
especialmente en la retaguardia y zonas conquistadas por el bando sublevado,
donde el rapado del pelo, las violaciones, así como las purgas
con aceite de ricino fueron frecuentes en el mundo rural. Por otro lado,
las ejecuciones fueron también frecuentes, como ejemplo valga la ejecución de
las llamadas “Trece rosas” en agosto de 1939.
Por otro lado, hay
que señalar que muchas de estas mujeres formaron parte de la población
reclusa, donde se habilitaron prisiones, siendo el antiguo fuerte de
Victoria Grande, en Melilla, la primera de ellas. A estas siguieron Zamora,
Málaga, Les Corts en Barcelona, Saturrarán, en Guipúzcoa y la cárcel de Ventas
en Madrid, siendo ésta la más masificada de todas ellas.
La finalidad de la
imagen es propagandística, tratando de desalentar cualquier movimiento
subversivo por parte de la población. Su significación social reside en mostrar
cómo el franquismo no solo eliminó al adversario político, sino que impuso
también una moral autoritaria y patriarcal como parte de su proyecto de
la “nueva España”.
C.- CONTEXTO HISTÓRICO
La imagen se sitúa
en el contexto de la Guerra Civil española (1936-1939) y la posguerra,
remitiendo a las consecuencias del conflicto y a la instauración de la
represión del régimen franquista contra los vencidos.
Las consecuencias
humanas de la guerra fueron devastadoras. Se calcula que el conflicto
provocó en torno a 500.000 muertos entre ambos bandos y unos 400.000 heridos en
operaciones militares. A ello se sumó una represión sistemática tras el final
de la guerra: los presos políticos superaron los 300.000, y entre 35.000
y 50.000 personas fueron ejecutadas en los años posteriores. Esta sangría
afectó especialmente a población joven y activa, lo que contribuyó a un
descenso de la natalidad y a un profundo trauma psicológico colectivo, marcado
por el miedo, la persecución y la imposición de los valores de los vencedores.
Junto a ello, se produjo una amplia depuración de funcionarios y profesionales,
especialmente en el ámbito educativo y administrativo.
El exilio constituyó
otra consecuencia fundamental. Cientos de miles de españoles se refugiaron en Francia
y México, y en menor medida en la URSS (niños de Asturias y País
Vasco) y otros países iberoamericanos. La situación de los exiliados en Francia
se agravó con la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial, y muchos
acabaron en campos de concentración alemanes. El exilio supuso una pérdida
irreparable para la vida cultural e intelectual española, al marcharse
científicos, catedráticos, escritores y artistas.
En el plano
económico, la guerra dejó un país arruinado. La destrucción de
infraestructuras, la caída de la producción agraria (en torno al 20 %) e
industrial (30 %), el endeudamiento derivado de la ayuda alemana e italiana y
el envío a la URSS de más de 500 toneladas de oro del Banco de España lastraron
la recuperación. La renta per cápita no se recuperó hasta 1952, y los años
cuarenta estuvieron marcados por el hambre, la escasez y la miseria, agravadas
por la política autárquica del régimen.
En el nuevo Estado
franquista, los terratenientes, el ejército y la Iglesia se consolidaron
como los principales grupos de poder, mientras surgía la figura del
excombatiente, recompensado con empleos públicos y ventajas económicas.
Desde el final de
la guerra, el régimen franquista puso en marcha una represión
institucionalizada, destinada a eliminar cualquier forma de oposición. La Ley
de Responsabilidades Políticas (1939) y la Ley de Represión del
Comunismo y la Masonería (1940) permitieron castigar de forma
retroactiva a quienes hubieran apoyado a la República desde 1934. Se
multiplicaron los consejos de guerra, y una parte importante de la población
reclusa fue enviada a Batallones de Trabajadores o Batallones Disciplinarios
de Soldados Trabajadores, utilizados como mano de obra forzada. La
represión tuvo un carácter ejemplarizante, con el objetivo de sembrar el terror
y asegurar el control social, y se acompañó de confiscaciones de bienes y de
una amplia depuración laboral.
Pese a ello,
existió una oposición al franquismo, especialmente significativa durante
el primer franquismo (1939-1959). En el exterior, el exilio
republicano mantuvo viva la legalidad republicana, con la formación de un
gobierno en el exilio y la celebración de Cortes en México. En el interior, la
oposición fue débil y duramente reprimida, destacando la actividad clandestina
del PCE, del PSOE y de la CNT, así como la actuación del maquis, que entre 1944
y 1950 desarrolló acciones guerrilleras en distintas zonas, siendo la más
conocida la ocupación del valle de Arán. Tras su fracaso, el PCE abandonó la
lucha armada en 1948.
A partir de la década
de 1950, y con mayor intensidad desde los años sesenta, la oposición
se diversificó. Surgieron huelgas ilegales, como la de los tranvías de
Barcelona en 1951, y aparecieron movimientos obreros vinculados a sectores
católicos, como la HOAC. Desde 1960 crecieron las protestas obreras y
estudiantiles, con la creación de Comisiones Obreras (1964) y la
consolidación de un movimiento estudiantil contrario al sindicato oficial.
También surgieron movimientos vecinales y sectores críticos dentro de la Iglesia,
especialmente tras el Concilio Vaticano II, así como grupos disidentes en el
ejército, como la Unión Militar Democrática.
La oposición
política se reorganizó en estos años, con el fortalecimiento del PCE y
del PSOE, la aparición de nuevas formaciones de izquierda y la
revitalización de los nacionalismos periféricos. Paralelamente, el
régimen mantuvo la represión hasta el final, creando en 1963 el Tribunal de
Orden Público y llevando a cabo procesos y ejecuciones que evidencian la
continuidad de la violencia política, como los casos de Julián Grimau,
el Proceso de Burgos, Salvador Puig Antich o las últimas
ejecuciones de 1975. Todo ello muestra que la dictadura franquista se
sostuvo hasta su final mediante la represión, la ausencia de libertades y el
control sistemático de la disidencia.
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