Práctico 5. "Sube el uno, baja el otro"
A.-
INTERÉS DEL DOCUMENTO
Se trata de una caricatura
de naturaleza histórica publicada en el semanario satírico El Motín
en octubre de 1892. Su contenido es político, siendo un documento
clave para comprender la oposición republicana al bipartidismo canovista,
la manipulación electoral y el caciquismo.
B.-
IDEAS PRINCIPAL Y SECUNDARIAS
La caricatura hace
referencia al turno de partidos dinásticos durante la Restauración
borbónica (1874-1902), un sistema político basado en la alternancia pactada
entre el Partido Conservador de Cánovas del Castillo y el Partido Liberal de
Sagasta. La idea principal que transmite la imagen es que, pese a los
cambios de gobierno, España continúa sufriendo los mismos males, simbolizados
en la figura femenina del país, forzada a sostener el peso del poder sobre sus
espaldas.
En la escena se
representa a España personificada como una mujer agotada, con la corona
mural que la identifica como alegoría nacional. Sobre su espalda se apoya una viga
en forma de balancín que sirve de eje a Cánovas y Sagasta, sentados en cada
extremo, subiendo y bajando alternativamente, en alusión al turno pacífico de
los partidos. El pie de texto, “Sube el uno, baja el otro, y España siempre
en el potro”, refuerza el sentido de denuncia: la alternancia política solo
cambia a los protagonistas, mientras el país permanece inmóvil y sometido.
El documento,
publicado en un periódico republicano y anticlerical, expresa una crítica
directa al bipartidismo canovista y a su falta de representatividad real. El
documento tiene una finalidad crítica y satírica, denunciando la ausencia
de participación política de las clases populares, quienes soportan el peso de
las élites, sin lograr avances ni reformas sociales.
C.-
CONTEXTO HISTÓRICO
La caricatura se contextualiza
en el periodo de la Primera Restauración borbónica (1874-1902), inaugurada
tras el pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto
(diciembre de 1874), que proclamó rey a Alfonso XII, hijo de Isabel II.
Con ello se ponía fin al Sexenio Democrático y se restauraba la monarquía
constitucional, bajo un régimen diseñado por Antonio Cánovas del Castillo,
cuyo objetivo principal era la estabilidad política y la defensa del orden
social y económico liberal.
El nuevo sistema
quedó esbozado en el Manifiesto de Sandhurst, donde Alfonso XII se
presentaba como monarca conciliador. En torno a su figura se articuló un régimen
parlamentario y liberal, pero poco democrático, sustentado por las clases
dominantes (aristocracia, grandes propietarios agrarios y alta burguesía
financiera) y apoyado también por la Iglesia, que recuperó privilegios
con la reposición del Concordato de 1851 y el restablecimiento del presupuesto
de culto y clero.
Los pilares del
sistema canovista fueron tres: la Corona, árbitro de la vida
política y garante de la continuidad institucional; los partidos dinásticos,
Conservador y Liberal, que se alternarían pacíficamente en el poder; y el Ejército,
subordinado al poder civil, con autonomía interna y alto presupuesto, para
evitar nuevos pronunciamientos. Con este modelo, Cánovas pretendía poner fin a
la inestabilidad del siglo XIX y asegurar la hegemonía de las élites.
La Constitución
de 1876, síntesis de los textos de 1845 y 1869, consolidó el nuevo Estado
liberal. Proclamaba la soberanía compartida entre el rey y las Cortes, la confesionalidad
católica del Estado y una amplia declaración de derechos, cuya aplicación
quedaba en manos del gobierno de turno. El sufragio universal masculino solo se
aplicó de manera permanente a partir de 1890, tras su aprobación por el
gobierno de Sagasta.
Uno de los
objetivos inmediatos del régimen fue la pacificación del país. Se logró el fin
de la Tercera Guerra Carlista (1876), con la abolición de los fueros vascos
(sustituidos por los conciertos económicos), y el fin de la Guerra de los
Diez Años en Cuba (Paz de Zanjón, 1878). La estabilidad interior permitió
centrar la atención en la consolidación del sistema político.
El turno
pacífico de partidos, base del régimen, consistía en la alternancia regular
entre los dos grandes partidos dinásticos: el Conservador de Cánovas y el Liberal-Fusionista
de Sagasta. La Corona designaba al jefe del partido llamado a gobernar,
disolvía las Cortes y convocaba elecciones, cuyos resultados se manipulaban
mediante el fraude electoral y las redes de caciquismo. Este
control se ejercía a través del Ministerio de la Gobernación, los gobernadores
civiles y los caciques locales, que aseguraban la victoria del partido
designado mediante el encasillado y el pucherazo.
El Pacto del
Pardo (1885), tras la muerte de Alfonso XII, institucionalizó el
sistema, garantizando la alternancia entre conservadores y liberales durante la
regencia de María Cristina de Habsburgo. Durante este periodo se aprobaron reformas
como la Ley de Asociaciones (1887), la Ley de Jurados (1888) y el sufragio
universal masculino (1890). Sin embargo, pese a su aparente apertura, el
régimen siguió siendo excluyente y oligárquico, sustentado en el control
electoral y en el dominio político de las clases propietarias.
Entre las fuerzas
políticas marginadas del turno podemos encontrar a los carlistas,
reorganizados tras su derrota de 1876 y divididos entre tradicionalistas e
integristas; a los republicanos, fragmentados en múltiples tendencias y
debilitados pese al sufragio universal de 1890; a los anarquistas,
perseguidos por su acción directa y responsables de atentados como el del Liceo
en Barcelona (1893); a los socialistas, con el PSOE (1879) y la UGT
(1888) como organizaciones en expansión; y a los nacionalismos periféricos
(catalán, vasco y gallego), surgidos como reacción al centralismo y al sistema
bipartidista.
En la década de
1890, el sistema comenzó a mostrar síntomas de agotamiento. La crisis
colonial derivada de la Guerra de Cuba (1895-1898) y el Desastre del 98
acentuaron el descrédito del régimen y del turnismo. El asesinato de Cánovas
del Castillo (1897) a manos del anarquista Michele Angiolillo simbolizó el
rechazo social hacia un sistema cerrado y corrupto. Los intentos de regeneracionismo
político encabezados por Silvela o Maura no consiguieron reformar en
profundidad la estructura del Estado ni la vida política.
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