Práctico 4. Las sociedades obreras (1868 - 1873)

  

A.- INTERÉS DEL DOCUMENTO

Se trata de un mapa temático de naturaleza historiográfica y contenido social y político, que representa la distribución de las sociedades obreras e internacionalistas en España entre 1868 y 1873. El documento es clave para comprender el origen y la expansión del movimiento obrero durante el Sexenio Democrático, así como la difusión de las ideas socialistas y anarquistas en el contexto de la Primera Internacional.

B.- IDEAS PRINCIPAL Y SECUNDARIAS 

El mapa representa el desarrollo del asociacionismo obrero en España entre 1868 y 1873, coincidiendo con el Sexenio Democrático. Refleja el proceso de organización y consolidación del movimiento obrero impulsado por la llegada de las doctrinas de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), que se difundieron especialmente tras la revolución de 1868.

En cuanto a la distribución y densidad, el mapa muestra una implantación muy desigual del asociacionismo obrero. Las federaciones internacionalistas (puntos verdes) se concentran en Cataluña, especialmente en Barcelona y su entorno, así como en Valencia, Alicante, Málaga, Cádiz y Sevilla, zonas vinculadas a la industria o al comercio portuario. También aparecen núcleos en Madrid y en algunos enclaves industriales del norte. Por su parte, las sociedades obreras no internacionalistas (puntos rojos) se extienden con mayor dispersión por el sur y el levante peninsular, especialmente en Andalucía, Murcia y la Comunidad Valenciana, donde predominaban los trabajadores agrícolas y artesanos. Estas asociaciones, de carácter mutualista o reivindicativo, reflejan una primera etapa de organización obrera anterior o paralela a la influencia de la AIT. En contraste, amplias zonas del interior castellano, Galicia y la cornisa cantábrica occidental presentan una presencia casi nula, lo que evidencia un vacío obrero relacionado con la escasa industrialización y el predominio del trabajo rural. En conjunto, el mapa revela un movimiento obrero urbano y mediterráneo, con fuerte base artesanal y agrícola, pero también con una progresiva penetración de las ideas anarquistas e internacionalistas.

Entre las ideas secundarias, el documento permite valorar cómo el contexto político liberal del Sexenio (libertades de prensa, reunión y asociación) facilitó la creación de sociedades obreras, mutualidades y federaciones que sirvieron de base al futuro sindicalismo. También muestra el papel central del anarquismo, dominante en el seno de la Internacional española, frente al socialismo marxista minoritario. Finalmente, refleja el inicio de la conciencia de clase y la incorporación de España a los movimientos obreros europeos, preludio de las grandes organizaciones sindicales que surgirían durante la Restauración.

C.- CONTEXTO HISTÓRICO

Durante el siglo XIX, la implantación del liberalismo político y económico transformó profundamente la sociedad española. Los antiguos estamentos del Antiguo Régimen dieron paso a una sociedad de clases, teóricamente igual ante la ley, pero profundamente desigual en la práctica (sufragio censitario). La riqueza se convirtió en el nuevo criterio de diferenciación social, y el poder quedó en manos de una nueva oligarquía liberal, simbiosis entre la antigua aristocracia y los nuevos grupos burgueses, y que se benefició del comercio colonial y esclavista (Antonio López), las desamortizaciones, así como de las inversiones en ferrocarriles y la deuda pública, consolidando su control sobre el Estado y sobre los recursos del país.

Por debajo de esta élite se situaban unas clases medias urbanas todavía poco numerosas (funcionarios, comerciantes o profesionales liberales como abogados, arquitectos o médicos) que sirvieron de apoyo al sistema y al orden liberal, aunque algunos sectores de inspiración democrática o republicana defendieron una mayor participación política y reformas sociales.

Sin embargo, la inmensa mayoría de la población pertenecía a las clases populares, que soportaban la dureza de un sistema económico capitalista aún incipiente. En el campo, millones de campesinos y jornaleros trabajaban por salarios precarios, sin acceso a la propiedad de la tierra. Las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz no resolvieron el problema agrario, sino que agravaron el latifundismo, convirtiendo a los trabajadores agrícolas en un proletariado rural empobrecido, sobre todo en Andalucía, Extremadura y La Mancha.

En las ciudades, la industrialización avanzó lentamente y de forma muy desigual. Solo Cataluña, con la industria textil, y más tarde Asturias y el País Vasco, con la minería y la siderurgia, desarrollaron un tejido industrial moderno. Allí surgió el proletariado urbano, sometido a condiciones laborales extremadamente duras: jornadas de doce o catorce horas, salarios bajos, ausencia de seguros (paro, enfermedad, accidente o vejez) y viviendas insalubres en los suburbios fabriles. La miseria, las enfermedades (cólera y tuberculosis) y la falta de protección generaron una profunda conflictividad social, con frecuentes huelgas y motines, como los conflictos luditas en Alcoy (1821) y la fábrica Bonaplata de Barcelona (1835), mostrando la violenta reacción obrera ante la mecanización y la pérdida de empleo.

Ante esta situación, los trabajadores comenzaron a organizarse en asociaciones de tejedores, hiladores o impresores (Sociedad de Tejedores de Barcelona, 1840). En las décadas centrales del siglo se crearon las Sociedades de Socorros Mutuos, que ofrecían ayuda económica en caso de enfermedad o desempleo, y empezaron las primeras huelgas y movimientos reivindicativos, como la huelga general de Barcelona de 1855, que pedía la libertad de asociación y la creación de comisiones mixta de obreros y patrones. Aunque fueron duramente reprimidos, estos movimientos anunciaban el nacimiento de una nueva conciencia colectiva.

El impulso decisivo llegó durante el Sexenio Democrático que permitió la libertad de prensa, reunión y asociación. En 1868 llegó a España el italiano Giuseppe Fanelli, enviado de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), que difundió las ideas anarquistas de Bakunin entre los obreros catalanes y los campesinos andaluces. Dos años después, en 1870, se celebró en Barcelona el primer congreso de la Federación Regional Española (FRE de la AIT), que adoptó un ideario basado en la acción directa, el apoliticismo y la huelga general como instrumento de lucha.

La expansión del internacionalismo fue rápida pero desigual. Tuvo gran fuerza en Cataluña, Valencia, Andalucía occidental y algunos núcleos urbanos como Madrid o Alicante, mientras amplias zonas del interior y del norte permanecieron al margen por su carácter agrario. La Comuna de París (1871) provocó una ola de represión en toda Europa (disolución del Congreso de la FRE en Zaragoza, 1872) y acentuó las divisiones internas entre anarquistas y marxistas. En este sentido, en 1872 el grupo madrileño de la FRE, de orientación marxista, se separó de la FRE y formó la Nueva Federación Madrileña, origen del posterior PSOE, dirigido por Pablo Iglesias.

Durante la Primera República (1873), el movimiento obrero vivió su momento de mayor protagonismo, aunque algunos sectores bakuninistas participaron en los levantamientos cantonales, lo que sirvió de pretexto para su persecución. Tras el golpe del general Pavía (1874), la Internacional fue disuelta en España y sus organizaciones pasaron a la clandestinidad. Aun así, el periodo había consolidado un movimiento obrero consciente, ideológicamente articulado y con proyección social duradera.

 

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